Afonso VI, emperador de España

LaEspañadelCidRamón Menéndez Pidal: «Alfonso VI, sin embargo, no podía aceptar que España fuese patrimonio de san Pedro; por de pronto no se sometió al censo que pagaban el rey de Aragón, el conde de Besalú y otros, pagado todavía por Aragón y Portugal en el siglo XIII. Lejos de eso, empezó entonces a reclamar la antigua dignidad imperial que por rey de León le correspondía; pero no se contentó como hasta entonces con ser llamado emperador, igual que su padre Fernando I, sino que él mismo usó el título, y lo empezó a generalizar en sus diplomas ese año 1077 en que Gregorio VII comunicaba a España las pretensiones anunciadas fuera de ella cuatro años antes; además, el título escogido por Alfonso era más explícito que el de sus antecesores, como si con él quisiera atajar las pretensiones de Roma: Ego Adefonsus imperator totius Hispaniae. La idea imperial manifiesta claramente, por primera vez ahora, conciencia plena de toda su importancia, de toda su extensión sobre la España libre y sobre la irredenta. Por su parte, los otros reinos de la Península hubieron de reconocer, como de antiguo lo hacían, esa supremacía jerárquica del rey de León; así varios diplomas aragoneses ponen en su data: “regnante pio rege domino Sancio in Aragone et in Pampilonia; imperatore domino Adefonso in Legione”; y a su vez los historiadores árabes hacen constatar esa preeminencia, cuando explican que Alfonso VI “usaba el título de imperator, que quiere decir rey de los reyes”. Insistió sobre este concepto Alfonso, algunos años después, cuando amplificaba su título y se proclamaba “constitutus imperator super omnes Hispaniae nationes”.» Este libro de Pidal, La España del Cid, é un tixolo de 500 páxinas que ten o propósito, como poucas obras, de fundamentar a nación española na Castela medieval. Como no século XI o poder castelán era moi reducido revélase esencial aproveitar un monumento literario como o Cantar de Mío Cid para albergar no corazón dun fidalgo de Castela o xérmolo do patriotismo español. Este estudo vencellará, intencionadamente, as virtudes de Alfonso VI co facto de ser rei de Castela (que o era como doutros condados, terras e vilas de rango inferior ao Reino de Galiza-León, nas súas mans) e os defectos co de non ser castelán. E o Cid, moi pouco relevante nobre da época no que respecta ao poder político e económico, aparece aos ollos do profesor como unha personaxe de primeiro nivel referenciado sen conta polos xograis. Xograis, porén, que nunca existiron no século XII en Castela ou ao menos dos que non se ten noticia ningunha, mais que son atrevidamente utilizados a discreción para xustificar, en lugar dos tamén ausentes cronistas da altura, afirmacións sustentadas no ar: «Esta noticia es ciertamente tardía (el Tudense escribe hacia 1236), y además me parece provenir de fuente juglaresca, pero la creo de origen antiguo y, por lo tanto, fidedigna, ya que los primeros juglares castellanos eran más cronistas y menos poetas que sus colegas los franceses». E non fará falta advertir que para os historiadores serios tratar fontes xogralescas significa na maior parte das veces a imposibilidade de escindir a historia e a ficción literaria. De calquera modo, con tanta frecuencia a falta de rigor historiográfico se fai tan evidente en Pidal que as súas intencións ideolóxicas deixan finalmente de sorprendernos, como cando recoñece a pretensión de «dar valor absoluto a los elogios latinos, como hicieron los que bajo Felipe II incoaron en Roma el proceso de canonización del Cid».

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